Cena en el cantonés (no tan) misterioso de Barcelona


 

En esta publicación comento mi primera experiencia en un restaurante chino auténtico de Barcelona.

 

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Xiao y yo en El Raval

 

Hace tres años, como hago cada año, visité Barcelona para ver a mi gran amiga Elena. Allí quedamos con Xiao, un filólogo hispánico de Dalian, que había conocido en Bilbao gracias a Couchsurfing. Xiao vive entre su ciudad y Barcelona, donde realiza su tesis doctoral en la que compara La Celestina con una obra literaria clásica china.

Como a Elena y a mí nos gusta lo exótico, pedimos a Xiao que nos llevase a un restaurante auténtico que conociese. Su primera opción fue un restaurante del norte, de su zona, con barbacoa en la mesa al estilo coreano, pero resultó que estaba cerrado. Sin embargo, en la Dreta de l’Eixample, cerca de la parada de metro Tetuán, hay un montón de restaurantes y bares chinos, y no tardamos en encontrar uno abierto.

 

Aunque la sirvan como cerveza china en casi todos los restaurantes chinos, la cerveza Tsingtao no es especialmente apreciada por los chinos; ya que, aunque la fábrica esté en la ciudad del mismo nombre, la construyeron occidentales y no la consideran como algo propio.

Aunque la sirvan como cerveza china en casi todos los restaurantes chinos, la cerveza Tsingtao no es especialmente apreciada por los chinos; ya que, aunque la fábrica esté en la ciudad del mismo nombre, la construyeron occidentales y no la consideran como algo propio.

 

El restaurante Bo On no parecía nada del otro mundo: el típico chino cutrillo de barrio con decoración hortera, y el aspecto oscuro y poco limpio del interior no auguraban nada nuevo, pero nos aguardaban grandes sorpresas. Es un restaurante de comida cantonesa, considerada tanto por chinos como por extranjeros la mejor cocina de China.

Como buenos novatos, dejamos que Xiao eligiese todos los platos, y aunque ahora creo que no quiso arriesgarse mucho, el resultado fue fantástico: lechuga en salsa de ostras, dim sun (raviolis rellenos al vapor). cerdo con miel, pan relleno de cerdo, pato asado, bolas de pasta de arroz rellenas de sésamo (dulce)…

 

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Lo que sí fue una gran sorpresa fue el arroz relleno de cerdo envuelto en hoja de loto. El arroz queda aplastado en una masa pegajosa con un intenso olor a hierba, y el relleno de cerdo picado con verduras es una delicia. La verdad es que luego solo he vuelto a ver este plato en forma de paquetitos triangulares, a menudo atados con hilo, y rellenos de brotes de soja o un poco de carne de cerdo.

 

 

Otro gran descubrimiento fue el licor que nos sirvieron al final: Kaoliang. Se trata de un licor de sorgo (cereal que en Europa solo tiene usos industriales) de unos 59 graditos de nada. La verdad es que no sabe a nada, pero es beberse un trago y la garganta te arde. Al de un rato, notas cómo te va bajando un licor por el pecho, y resulta un digestivo de lo más eficaz. Eso sí, ojito que con un par de chupitos saldrás del restaurante más que contento, sobre todo si has estado bebiendo algo de alcohol durante la cena.

 

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Licor de sorgo de 59 grados

 

A partir de entonces, casi siempre que vamos a cenar a un restaurante misterioso, pido este licor. Al grito de “¡kampei!”, como manda la tradición, todo el mundo bebe sus vasos de un trago,  y es gracioso ver las reacciones y caras de todos, sobre todo las de quienes lo prueban por primera vez. Si vas a invitar a algún incauto, mejor no le cuentes cuál es su graduación. Si vas con alguien experimentado, un concurso de quién puede mantener el tipo tras beberse un trago puede ser divertido.

 

 

Lo mejor: descubrir el licor de sorgo y lo contentos que salimos tras dos chupitos.

Lo peor: lo lúgubre que es el sitio y que no sea insultantemente barato como otros restaurantes misteriosos.

¿Volveremos? ¡No sé por qué no hemos vuelto todavía!

Nota: frente al Bo On hay un bar con el cartel escrito en furiosos caracteres chinos donde sirven gran variedad de tallarines insultantemente baratos.

 

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Comida en el africano misterioso


 

Empiezo el blog con una publicación que no trata de comida china. ¡Que aproveche!

 

El sábado pasado, con motivo del mercadillo “grande” de Dos de Mayo, regresamos a probar el restaurante africano Alamuta de la calle Hernani 20 (esquina con General Castillo), en el barrio de San Francisco, con más tino que hace un año.

 

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Parte de nuestra rutilante cuadrilla internacional

 

Hace un año, tras la recomendación de Patxi, otro gran experto en restaurantes misteriosos del Botxo, fuimos un día a comer a las 4 de la tarde, y solo tenían un plato principal que ofrecernos: un cordero a la brasa bastante sabroso. Nos dijeron que uno de sus platos más demandados, el pollo a la portuguesa, se acababa pronto porque mucha gente llamaba para encargarlo y pasaba a recogerlo al restaurante.

 

Cuando quisimos volver hace unos meses, resulta que nos lo encontramos cerrado varios días. Preguntando en el restaurante La Gernikesa, que está enfrente, me dijeron que lo había cerrado la policía: según los rumores, por tráfico de drogas. Esto lo confirmó un amigo neozelandés, Daniel, al que le había hablado del restaurante y había ido a comer allí. Me contó le habían ofrecido marihuana, no los dueños sino otros clientes.

 

Hace unas semanas vimos que habían vuelto a abrir, y como buenos amantes del misterio , decidimos ir a comer allí el día del rastro de Dos de Mayo. Tras echar un vistazo a los puestos del rastro, pasé con Txen a reservar un par de horas antes, y fuimos allí a las 2 de la tarde con toda la cuadrilla.

 

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Arroz, ensalada, pollo con salsa de cacahuete y pollo a la portuguesa

 

El local antes era un restaurante indio (el “Bombay” si no me equivoco), y en la puerta todavía está el cristal decorado con la palabra “Tandoori”. La zona del bar es estrecha, y el comedor tiene una decoración que podríamos definir como minimalista si no fuera porque es inexistente.

 

Tras enterarnos de que eran de Guinea-Bissau (las apuestas estaban entre Angola Y Mozambique por eso de “portuguesa”), pedimos una bandeja de ensalada y dos de arroz (bastante espartanos), pollo a la portuguesa, pollo con salsa de cacahuete y pescado: todo para compartir entre nueve.

 

El pollo con salsa de cacahuete fue lo más rico en mi opinión. A algunos les gustó el pescado, pero para mí llevaba demasiado limón. El famoso pollo a la portuguesa resultó ser un pollo a la brasa con una salsa aparte de aceite y cebolla. No estaba malo, pero sí un poco seco, y me esperaba algo parecido a un guiso.

 

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Pollo a la portuguesa

 

A modo de postre les pedí un licor suave de frutas en almíbar que habíamos probado la vez anterior. En vez de eso nos puso una especie de ponche rojo con hierbas y hielo llamado tanga (por desgracia, no hay foto). Sirvió cuatro copas grandes y nos las repartimos entre ocho. La verdad es que estaba bastante bueno y fresquito, y a dos euros la copa, bien puede convertirse en la nueva bebida de moda del verano.

 

Como esperábamos y corresponde a un restaurante misterioso, el precio fue más que razonable: 10 euros por barba (habiendo bebido dos botellas de vino tinto (malo), una cerveza y un zumo). Salimos contentos, aunque un poco decepcionados porque nadie nos había ofrecido drogas.

 

Lo mejor: el pollo con salsa de cacahuete, las tangas y el precio.

Lo peor: el servicio caótico, aunque amable y sonriente.

¿Volveremos? Sí, pero sin prisas.

 

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